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Romina Bianco, voz y corazón.

El tango-canción tiene esta jovencísima porteña una intérprete que aúna el conocimiento del género con unas facultades vocales cuidadosamente cultivadas.

El tango es un género musical que renueva sus energías cíclicamente. Cantantes, músicos y bailarines argentinos desparraman por el mundo esa música ya centenaria que ha mostrado con energía única el arte de atrapar desesperanzas, miserias o soledades para convertirlas en emociones confortantes.

En los años 20 del siglo XX nació el tango-canción y, desde entonces, se han sucedido hornadas de poetas y de músicos capaces de expresar la vida con un lirismo desgarrado que escoló con Gardel la más alta de sus cumbres. Esa pasión ya la cantaba sin palabras el bandoneón, pero el tango tenia que descubrir en la voz humana su mejor instrumento.

El tango-canción ha trazado la línea emocional central del género, aunque el baile, que se goza en miles de milongas habituales en ciudades de medio planeta, o el concierto, con la herencia magistral Astor Piazolla, tengan protagonismos paralelos.

A tantas voces masculinas históricas, en las últimas décadas se han impuesto las femeninas. El siglo “problemático y febril” concluyó viendo como el testigo narrativo del tango-canción seguía tomado por mujeres en una Buenos Aires convertida en hervidero de jóvenes intérpretes que no dudan en prepararse con rigor e ilusión para llevar su devoción musical a la máxima altura artística. Ejemplar representante de este movimiento efervescente es Romina Bianco, una cantante de 24 años que ha venido disciplinando su voz privilegiada ya desde 1996, en que empezó a tomar clases de canto, para lograr abordar los grandes hitos del repertorio milonguero con técnica tan sobrada como su misma voz.

Su primer disco, lanzado en el mercado español por la nueva editora Discatmusic, sorprende por la manera en que aúna raigambre y vitalidad. Romina se sabe todo el viejo tango, pero también es mujer de su tiempo y posee el nervio juvenil que, con toda probabilidad, la llevará al estrellato.
Por eso, en su disco, “Disfrazada de mi”, es capaz de tomar piezas como “El último café”, de 1963; “Pasional” de 1951; “Uno”, de 1943; “Cambalache” de 1935; o “Chorra” de 1928 y, sin desprenderlas ni un ápice de su genuina intención, las trata con instrumentaciones y arreglos embebidos de pop contemporáneo y las convierte en canciones del 2003.

A la vez, temas como “Aquellas pequeñas cosas”, de Serrat, “Noches de boda”, de Sabina, o “Grafiti de las almas”, de Lito Vitale, están cantados con el alma de tanguista y mantienen la unidad con el resto del disco, guardando, el mismo espíritu que las inspiró, a la vez que presentan una originalidad indiscutible. Claro que todo el disco es deudor del bandoneón de Néstor Marconi, de los arreglos de Roberto Kano Alonso y Daniel Seminario, y del productor Elio Barbeito.

El protagonismo, empero, y a diferencia de tantas producciones, pop, pertenece por derecho a esta joven artista bonaerense, Romina Bianco, de admirables voz, dicción y corazón interpretativos.Hay que tener voz para abordar un repertorio que, como el del tango, tiene piezas escritas para grandes cantantes. Romina Bianco la tiene y la ha cultivado.Hay que saber decir el tango-canción. Romina Bianco tiene una dicción perfecta para ello.

Hay que tener mucho corazón para que esas canciones lleguen a los públicos con la energía vital que las hace creíbles. Romina Bianco, a pesar de sus jóvenes 24 años, tiene ese corazón milonguero capaz de hacer que los sueños y las experiencias fugaces de felicidad que salpican nuestras vidas se transformen en esperanzas infinitas, las que produce el arte, las que desde hace 80 años esparce por el mundo el tango-canción.

“Disfrazada de mi” , inicialmente un juego de palabras para Romina, ha terminado por ser el título de este disco que a finales de 2003 muestra el valor personal de una artista que quiere enarbolar la bandera de la autenticidad. “Muchas veces tenemos que ponernos máscaras, disfrazarnos para seguir adelante con lo que nos impone la sociedad en que estamos inmersos, pero a mi me gustan la gente y las cosas auténticas, así que si tengo que elegir un disfraz, elijo estar “disfrazada de mi”


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